Todos los sueños de un sueño
En la ciudad de Uspayata la vi, yo no la conocía pero había soñado con ella. Cuando nuestros ojos conectaron supe que ella también había soñado conmigo y mi estómago se lleno de mariposas. Caminamos por las calles cubiertas de arboledas en una tarde tórrida. Tomados de la mano llegamos a su casa, lugar en el que jamas había estado pero que había soñado con el, y me pareció todo muy familiar, incluso el perro se llamaba Poncio, tal como yo lo había soñado.
Adentro estaba fresco, nos mirábamos con frecuencia y las sonrisas surgían a cada momento. Nos abrazamos, nos besamos y nuestros corazones latieron juntos, como si marcharan en algún desfile. Esto lo recuerdo con claridad pues ya lo habíamos soñado. Luego nos sentamos en silencio, a beber agua de coco verde, sin saber qué hacer pues en aquel momento ambos habíamos despertado.
El conejo de ángelÁngel se levanta como con resorte, calado hasta los huesos de sudor, después de un sueño horrible en el que criaturas enormes se lo pasaban como si fuera o fuese una pelota de tenis para después encerrarlo en una jaula del tamaño de su habitación con una cama, una mesa y su silla, una tumbona de playa (¿?) y un televisor. Sale de la cama, se viste, pasa a la cocina, abre la jaula de su conejo chino Bolita, lo toma con cariño con la derecha, copo tibio y bullente, como bien dice Julio, y se lo lleva a la calle, insolito en Ángel, sin desayunar. Monta en su ibiza abuelo y carraspeante, enfila la ronda para alejarse veinte minutos y suelta al conejo tembloroso en un pinar. Ángel vuelve a casa henchido, eufórico por la sensación que da dar la libertad, aunque nomás sea a un triste conejo.
Aún no ha acabado de aparcar, el tráfico ya ha desinflado su euforia y un zorro, cansado de roer el pellejo de la presa, desaparece pinar adentro, hocico pegado al suelo, para dejar paso a las picarazas, que bajarán a comerse lo que quede de entrañas y los ojos de Bolita.
La tomatera y el nogal
Estuvimos discutiendo acaloradamente sobre si plantar la tomatera o el nogal durante seis asambleas infinitas sin llegar a nada. Como en cualquier asamblea que se precie, defendíamos el consenso por encima de las sucias votaciones, con lo cual era imposible llegar a un acuerdo si ninguna de las dos partes daba su brazo a torcer. Los protomatera defendían, con afilada esgrima verbal, la productividad de la planta, y la posibilidad de colectivizar beneficios a corto plazo. La gente del nogal arengaba con un discurso que permitía vislumbrar la certera apuesta de futuro. La tomatera es un riesgo innecesario. El nogal es un castillo de aire con ínfulas de inversión. Bla. Bla. Bla. Al final, al ver la esterilidad del concepto de funcionamiento asambleario hicimos un agujero, cagamos todos dentro, lo tapamos y disolvimos la asamblea. Unos cuantos plantaron tomateras, otros nogales y yo un aloe, que va guay para problemas de piel. Aquí lo tienes en crema y en la estantería de la pared en gel. No, jabón de ducha con aloe no tengo. Es que somos nuevos y estamos empezando. Acabamos de abrir. Venga, gracias, ya sabéis dónde estamos. Hasta luego.
Prevision
Repicaron las campanas. Misteriosa conjunción de un paraguas y una gallina a las puertas de la iglesia. Sermón. Consagró el cura el pan, el vino, impartió la bendición. Concluyó la misa. De pronto, rompió a llover a cántaros y todos los feligreses se empaparon hasta los huesos. Todos, menos uno: la previsora gallina. Desde entonces nadie en el pueblo come –¡ni siquiera se puede nombrar aquí este plato!– huevos pasados por agua.
Dieciséis enanos y medio
En Maracaibo vivían dieciséis enanos y un medio enano. Todos eran hermanos y el medio enano era el hermano de al medio. También hay que decir que eran sus medio hermanos pues solo compartían el padre, claro que lo compartía solo con la mitad pues los otros ocho querían mas a su madre que a su padre, al que no le perdonaban haberla engañado.
Los ocho ignoraban que era un engaño a medias, es decir, su madre también había engañado a su padre, de hecho esos ocho eran hijos de otro enano. Lo que nos deja con el hecho que que los ocho y los ocho son solo medio hermanos.
Si un día descubrieran toda la verdad, se sentirían desilusionados, pero solo a medias, claro.
Cuestion de espacio
Como el barquito era de cascara de nuez y estábamos cinco tuvimos que echarlo a suertes para ver quien se quedaba. Follo mucho y por todos es sabido que eso conlleva la mala suerte colgada del cuello como cruz de caravaca, así que me tocó la pajita más corta y la pérdida del derecho a pasaje. Salí a despedirlos a la ventana del ático y agité un pañuelo de seda lila hasta que los perdí de vista en la linea en la que el mar se funde con las nubes de la tarde. Entre al salón, elegí un libro (Nana, de Palahniuk) y volví a la terraza a tumbarme a leer hasta que se pusiera el sol.
Lentejas
Comencé a preparar las lentejas según la receta que siempre uso, a saber: sofrito de ajo, cebolla, tomate, zanahoria, chorizos, morcilla, arroz. Lo último que agrego a la mezcla son las lentejas (he de confesar –madre, perdóname– que las uso de bote).
Todo bien, en marcha, aunque a mí las lentejas en julio… pero Óscar quería lentejas y yo soy fácil de convencer.
Pues bien, aquel día, las legumbres tomaron el poder: nada más echarlas a la olla, comenzaron a extender patitas a razón de cuatro patitas por lenteja. Abrieron furiosas bocas y la tomaron con el chorizo.
Algunas de ellas, exhibían, cielo santo, virgen del amor hermoso, san blas protégenos, diminutas armas primitivas. (Luego supe que esos palitos que agitaban eran peligrosísimos.)
Mientras Óscar trataba de salvar algún bocado de chorizo del ataque lentejil, yo trazaba un plan.
Telefoneé a mi sobrino. En pocas palabras, le dije:
–Sobrino, ven.
Acudió a mi llamada.
Las lentejas, al ver un muchacho tan alto y guapo, saltaron de la olla y comenzaron a apilarse frente a él. Diríase –poco después lo comprobamos, de hecho– que la lenteja reina pretendiera hablar con mi sobrino cara a cara.
Habló:
–Trss kkl rrn knn.
Mi sobrino, que había pasado el verano en Irlanda, respondió, firme, sereno, valiente:
–Knn rss kln r.
Las lentejas palidecieron. Óscar intervino:
–La lunaaaaaaaa.
La montaña de lentejas se vino abajo, y cada una de ellas buscó refugio en una esquina. Como no había esquinas suficientes para todas, se dispersaron por toda la casa. Enseguida comprobamos que eran inofensivas y en pocos días nos acostumbramos a tenerlas por ahí, bailando, cantando y jugando con los gatos (insistían en enseñar a hablar a los felinos).
La casa es ahora purita felicidad. Está más limpia que nunca (las lentejas son muy escoscadas), y hace ya tres veranos que no nos pica una pulga.
23:14
Alas irisadas, ojos burdeos, lomo gris a rayas, la mosca traza cuasirectángulos, ya hace un rato, en el centro de la habitación.
Rompe su efímera rutina para ir a posarse en el reposabrazos derecho de mi butaca de leer, donde se frota las patitas con gesto pausado.
Apunto con el libro cogido firme por el lomo y la aplasto de un golpe.
Levanto el libro y la veo languidecer de lado, un ala doblada, la cabeza girada en un ángulo imposible y sacudiendo la patita del medio entre el tic y el estertor.
Vuelvo a mi plano, paso la hoja y sigo leyendo, y dice: mientras camina a zancadas bajo los árboles enfundado en su traje de domingo. Desdeñada o mal comprendida, lo cierto es que la esposa de Eccles le ha estimulado, y llega a su apartamento rebosante de lujuria.
Punto y aparte.
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